¿De verdad hay que dormir 8 horas seguidas?
No siempre fue así. Estudios e historiadores muestran que durante siglos se dormía en dos fases («primer sueño» y «segundo sueño») con un rato de vigilia tranquila en medio. Ese patrón bifásico, aún presente en sociedades cazadoras-recolectoras, se perdió con la luz eléctrica. Hoy el gran problema no es tanto no segmentar el sueño como la perturbación constante del ritmo circadiano.
«Un día bien vivido es la clave para una buena noche de sueño» (Leonardo da Vinci); «el sueño es la mejor meditación» (Dalai Lama). Una buena noche de descanso quizá no sea «la mejor noche de tu vida», pero en el mundo hiperactivo, hiperestresado e hiperproductivo en el que vivimos —con trabajo a turnos y aviones que nos cambian de zona horaria en un momento—, una buena noche de sueño ha pasado a ser un bien escaso, un lujo casi inalcanzable.
Aunque parece que todos somos conscientes de la importancia del sueño, sorprende la facilidad con la que postergamos la hora de acostarnos: cualquier actividad parece más importante que retirarse a la cama a una hora prudente (ponerse al día de una serie, revisar las redes…). No es hasta que el estridente despertador nos saca bruscamente de nuestros sueños cuando nos arrepentimos de estos «pecados nocturnos», y tratamos de redimirnos con el botón de repetición, sin mucho éxito. Los problemas asociados a un entorno para el que nuestros genes no están diseñados son la causa de muchas de las llamadas enfermedades de la civilización.
El mito de las 8 horas seguidas de sueño
Hemos oído cientos de veces la recomendación de dormir 8 horas seguidas cada noche, y es una buena regla para mejorar la salud. Pero ¿es lo normal desde un punto de vista evolutivo? Los estudios recientes muestran otra realidad. Un experimento del psicólogo Thomas Wehr, a principios de los años 90, buscaba identificar el patrón natural de sueño en un entorno similar al de hace millones de años: durante cuatro semanas restringió a 15 voluntarios la luz artificial durante 14 horas cada noche, en una habitación oscura.
Los primeros días casi todos durmieron mucho más de lo normal, unas 10-11 horas seguidas, probablemente para pagar la «deuda de sueño» que acumulamos en la sociedad moderna. Pero, a los pocos días, una vez saldada esa deuda, sucedió algo sorprendente: casi todos empezaron a dormir dos veces. Un sueño inicial de 3-5 horas, seguido de 1-2 horas de vigilia y otras 3-5 horas de sueño inmediatamente después. El total rondaba las 8 horas de siempre, pero separadas en dos fases. Y ese espacio en mitad de la noche no se acompañaba de las típicas vueltas en la cama ni de ansiedad, sino de una sensación placentera de relax, de semi-meditación y claridad mental, con mejoras de productividad y bienestar durante el día. Parece claro el beneficio de reconectar con nuestro patrón de sueño natural.
Este experimento confirma lo que antropólogos e historiadores sabían hace tiempo. El historiador Roger Ekirch recoge en su libro At Day’s Close: Night in Times Past la naturalidad con la que la gente hablaba de las dos fases del sueño antes de la revolución industrial: la literatura y los documentos de siglos pasados están llenos de referencias al «primer sueño» y el «segundo sueño», con recomendaciones específicas para ese periodo de vigilia intermedio. Un doctor inglés indicaba que la mejor hora para el estudio y la contemplación era entre el primer y el segundo sueño; un manual francés de medicina del siglo XVI aclaraba que el mejor momento para procrear no era al final de un largo día de trabajo, sino después del primer sueño. El propio Cervantes aludía a estos sueños en el Quijote.
Las menciones a este primer y segundo sueño empezaron a reducirse a partir de los siglos XVII y XVIII, al aumentar la iluminación de las calles y popularizarse las tabernas y actividades nocturnas, y desaparecieron definitivamente con la llegada de la luz eléctrica a finales del siglo XIX. Este patrón bifásico es similar al que todavía vemos en muchas sociedades cazadoras-recolectoras actuales, y con alta probabilidad al de nuestros antepasados del paleolítico: dormir al caer la oscuridad, despertarse en mitad de la noche para echar un ojo a los niños o atizar el fuego, y volver a dormir. Quizá nuestra famosa siesta (en peligro de extinción) sea simplemente una versión moderna de ese sueño bifásico.
Algo que era la norma hasta hace unos siglos hoy lo ignora la mayoría, y es imposible saber cuántos de nuestros problemas actuales son fruto de ignorar esta fragmentación natural del sueño. Aun así, estamos razonablemente adaptados al patrón de 7-9 horas seguidas, y el principal problema no viene tanto de no segmentar el sueño como de la perturbación constante de nuestro ritmo circadiano.
Preguntas frecuentes
¿Es malo despertarse a mitad de la noche?
No siempre: históricamente era normal (el «primer» y «segundo» sueño); el problema aparece cuando ese despertar se vive con ansiedad.
¿Cuál es el mayor enemigo del sueño hoy?
La perturbación constante del ritmo circadiano (luz artificial, horarios cambiantes, pantallas), más que la duración del sueño en sí.
¿Llevas semanas durmiendo mal?
Una valoración con un especialista del sueño puede darte el diagnóstico y la solución.
Valoramos qué desajusta tu reloj interno y cómo recuperar un descanso natural y reparador.
- Experimento de Thomas Wehr; At Day’s Close, de Roger Ekirch. Vía artículo divulgativo (Fitness Revolucionario).


