06/12/2012

6 diciembre 2012

Cuando nos hacemos mayores.

 
Hubo una época en la que se pensaba que cuanto más mayores nos hacemos, más sueño necesitamos. En algún momento cambió la forma de pensar, es decir, que cuanto más mayores nos hacemos, menos sueño necesitamos. Hoy día sabemos que ninguno de los dos extremos es cierto. El hecho es que las necesidades de sueño se estabilizan alrededor de los veinte años y, a partir de entonces, decae lenta y levemente a lo largo de la vida adulta. La persona mayor necesita siete u ocho horas de sueño, cifra muy parecida a lo que necesita un estudiante de veinte años. Desgraciadamente, muchas personas mayores tienen dificultad para conseguir dormir todo lo que necesitan.
 
Aproximadamente, un tercio de las personas mayores de 65 años tienen problemas para dormir. La queja más común es despertarse a mitad de la noche y ser incapaces de volver a conciliar el sueño. En cualquier caso, la consecuencia es sedación durante el día con la correspondiente pérdida de atención. Estos síntomas han podido ser confirmados ampliamente en diversas pruebas de somnolencia diurna, tal como el test de latencias múltiples que revela como las personas mayores tienden a quedarse dormidas con mayor facilidad en una habitación tranquila y oscura a mitad de la mañana en comparación con las personas más jóvenes. Todo ello refleja una mayor somnolencia durante el día en los mayores que en los jóvenes, probablemente porque durante la noche no consiguen dormir lo suficiente.
¿A qué se debe esto? En términos generales, a dos tipos de trastornos que convergen en el sueño de los más mayores. Por un lado, el sueño tiende a fragmentarse y se produce menos sueño de ondas lentas. Estos cambios, que se presentan a partir de los cincuenta años, son más frecuentes en hombres que en mujeres. Así, no es infrecuente que una persona sana de unos 70 años permanezca el 15 % de la noche despierto; porcentaje que en torno a los 80 se eleva al20%. A esta peculiaridad del sueño del mayor hay que añadir que la facultadpara conciliar el sueño se hace más difícil cuando somos mayores.
A medida que cumplimos años, lo fase del sueño más afectada es la de ondas lentas. Desde un punto de vista técnico, el sueño de fase 3 y 4 (también llamado sueño de ondas lentas) se abrevia debido a que se produce una disminución de la amplitud en el tipo de ondas y no cumple los mismos criterios en el mayor que en el joven. Esto no significa que en los mayores desaparezca el sueño de ondas lentas. Más que una ausencia, lo que ocurre es que este período del sueño transcurre de un modo más superficial. Todos estos cambios no quieren decir que el sueño sea o se perciba como menos reparador. De hecho, la mayoría de los mayores se levantan por la mañana con sensación de descanso y preparados para afrontar el día.
 

Lo que si ocurre es que, a medida que
envejecemos, el sueño se hace más frágil y se perturba con mayor facilidad.
Debido a esta fragilidad, cualquier factor capaz de alterar el sueño nos hacen
más vulnerables. Así, la apnea del sueño, la depresión, las preocupaciones, los
calambres en las piernas, el dolor de la artritis o de otras causas, problemas
médicos serios o simplemente molestos (tales como la necesidad de orinar
frecuentemente), y las posibles reacciones adversas a la medicación, tienen una
incidencia notoriasobre el sueño de los mayores. Además, factores externos
tales como el consumo excesivo de café, un ritmo de sueño errático, y un
entorno ruidoso son capaces de convertir el sueño de los mayores en una ardua
tarea aún cuando años atrás no tuvieran ningún peso sobre el mismo.